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El aeropuerto de la CDMX, una apuesta a largo plazo

Más allá del entusiasmo que ha generado el diseño  futurista del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México (un proyecto desarrollado en forma conjunta por el renombrado arquitecto británico Norman Foster y el mexicano Fernando XXXX), la terminal aérea resolverá uno delos cuellos de botella que, hoy en día, impiden el desarrollo turístico de la capital del país.

El aeropuerto actual se halla por totalmente saturado. Trabajando a su máxima capacidad, sus dos pistas paralelas funcionan las 24 horas del día, pero resultan insuficientes para satisfacer la demanda. En los últimos años, las autoridades de la SCT han tenido que rechazar propuestas de vuelos directos de países como Turquía, Corea, China, Japón y otras naciones, por una razón dolorosa: las instalaciones existentes no tienen capacidad para recibir más pasajeros.

En 2017, transitarán por la terminal unos 28 millones de pasajeros (se cuentan las llegadas y las salidas). Eso lo coloca en segundo o tercer puesto a nivel latinoamericano, tan sólo detrás de San Paolo y, en algunas épocas del año, de Rio de Janeiro, ambas en Brasil. Pero los 136 mil vuelos que registra en AICM, la tercera parte internacionales, no pueden incrementarse de manera significativa.

Todo eso cambiará la próxima década, cuando la estilizada X de Foster empiece a funcionar, con una capacidad inicial de 35 millones de pasajeros, pero con probabilidades de ampliarla a más de doble en los siguientes años. Eso sin duda pondrá a la CDMX al nivel de los mayores aeropuertos del mundo, entre los que solo se cuentan aquellos capaces de mantener un flujo anual de 50 millones de viajeros. 

Esa obra indispensable, que se ha pospuesto por cerca de 40 años (en el plan de gobierno 1976-82 ya se hablaba de la urgencia de construir un nuevo aeropuerto), sin duda incrementará en forma exponencial la capacidad turística de la CDMX.

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